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Hay fotografías que todavía no existen.

Foto del escritor: Estela Ferreira
Estela Ferreira
20 ago
2 min de lectura

"Mira bien. Algún día vas a extrañar exactamente esto."

No está en ningún álbum. No está en la nube. No está escondida en el teléfono de nadie.

Y, sin embargo, algún día podrías dar cualquier cosa por tenerla.

Es la fotografía de aquella mañana cualquiera.

La luz entrando por la ventana, el café enfriándose sobre la mesa, alguien caminando descalzo por la casa.

Una voz llamándote desde otra habitación.

No pasó nada extraordinario, por eso no hiciste una fotografía.

Y quizá ahí está una de las grandes ironías de la vida: pasamos años esperando momentos importantes y, cuando miramos hacia atrás, descubrimos que lo importante estaba sucediendo mientras nosotros esperábamos.


No fotografiamos la última vez que alguien nos abrazó, porque no sabíamos que era la última.

No fotografiamos aquella tarde porque pensábamos que habría otra.

No fotografiamos una conversación porque estábamos demasiado ocupados viviendo.

No fotografiamos ciertos rostros porque los veíamos todos los días.

Hasta que un día dejamos de verlos.


Y entonces entendemos algo que nadie nos enseña: la vida no viene con una señal que diga qué momento deberíamos guardar.

No hay una pequeña campana.

No aparece una fecha en el calendario.

No escuchamos una voz diciendo:


"Mira bien. Algún día vas a extrañar exactamente esto."


Quizá por eso me gustan tanto las fotografías imperfectas.

Las que tienen movimiento.

Las que no fueron planeadas.

Las que no muestran a todos mirando a la cámara.

Las que tienen una silla vacía, una mano fuera de cuadro, una sonrisa a medias.

Porque se parecen más a la vida.

La vida tampoco posa.

No espera a que estemos preparados.

No acomoda el cabello.

No corrige la luz.

Simplemente ocurre.


Y nosotros, muchas veces, estamos demasiado ocupados para darnos cuenta.

Hay algo profundamente romántico en fotografiar lo cotidiano.

No porque queramos convertir cada día en algo extraordinario.

Sino porque aprendemos a mirar como si lo fuera.

Mirar a quien amas y pensar:


"Quiero recordar exactamente esta versión de ti."


Mirar una casa y comprender que algún día ya no viviremos allí.

Mirar unas manos y saber que cambiarán.

Mirar un rostro y aceptar, aunque duela un poco, que ningún rostro permanece igual para siempre.

Fotografiar entonces se vuelve menos una cuestión de imágenes…

y más una cuestión de presencia.


Estar. Mirar. Reconocer.


Tal vez dentro de veinte años no recuerdes qué hiciste un martes cualquiera.

Pero quizá una fotografía pueda devolverte algo que creías perdido:

la luz de aquella habitación, la edad que tenían tus hijos, la forma en que alguien te miraba, el sonido imaginario de una risa, la sensación de pertenecer a ese pequeño mundo.

Y entonces comprenderás que no estabas fotografiando un momento.

Estabas fotografiando quiénes eran mientras la vida todavía los tenía juntos de esa manera.


Por eso, si alguna vez te preguntas si vale la pena hacer una fotografía de un día cualquiera, de una tarde sin motivo, de las personas que amas simplemente siendo ellas mismas… hazla.

No porque ese momento sea extraordinario.

Hazla precisamente porque hoy todavía parece normal.

Porque hay fotografías que hacemos para recordar lo que ocurrió.

Y hay otras que, muchos años después, desearíamos haber hecho para recordar cómo se sentía estar allí.

Y esas son las fotografías que nunca tomaste…

las que algún día más vas a extrañar.


 
 
 

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Creado por Estela Ferreira con Wix.com

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